Manasés (Parte 1): Altares en el corazón

Serie: Manasés — Decadencia, disciplina y gracia

Pasajes: 2 Reyes 21:1-9 | 2 Crónicas 33:1-13

Estudio 1: Altares en el corazón

¿Cómo es posible que el hijo del rey que más confió en Dios se convirtiera en el que más lo provocó a ira? Al volver a 2 Reyes 21 | 2 Crónicas 33, encontramos que el problema no fue solo social; fue una cuestión de altares en el corazón.

La historia de Manasés es una de las más oscuras en el reinado de Judá. Nacido en Jerusalén e hijo del Rey Ezequías —un hombre piadoso que estableció reformas profundas y reinstauró la fidelidad al Señor—, Manasés creció rodeado de una herencia espiritual sólida.

Sin embargo, a la temprana edad de 12 años, asumió el reinado por heredad y, contra todo juicio, decidió emprender un camino hacia la idolatría, la adivinación, la hechicería  y la corrupción espiritual.

El retorno a lo que fue derribado

El texto bíblico 2 Crónicas 33:3 nos revela una verdad dolorosa: «Reedificó los lugares altos que Ezequías su padre había derribado».  Manasés no solo pecó, sino que se dedicó a reconstruir lo que su padre había derribado.

¿Qué lleva a un hombre a reconstruir los monumentos de los errores de sus antepasados? Los altares de Manasés no comenzaron en Jerusalén, sino en el silencio de su propio corazón.

Al levantar altares e imágenes paganas y rendir culto a los astros, «levantó altares a los baales, e hizo imágenes de Asera, y adoró a todo el ejército de los cielos, y les rindió culto» no fue un tropiezo accidental; fue un diseño deliberado para desplazar la presencia de Dios y sustituirla con la conveniencia de la adivinación y la corrupción de su época.

La profanación de lo sagrado

וּבָנָ֥ה מִזְבְּחֹ֖ת בְּבֵ֣ית יְהֹוָ֑ה אֲשֶׁר֙ אָמַ֣ר יְהֹוָ֔ה בִּירוּשָׁלַ֖םִ

אָשִֹ֥ים אֶת־שְׁמִֽי:

מלכים ב כא:ד

Lo que leemos a continuación es, quizás, su mayor acto de desobediencia: Edificó altares en la casa de Jehová» (2 Reyes 21:4). Manasés introdujo la profanación en el corazón mismo de la adoración. Allí donde Dios había dicho: «En Jerusalén pondré mi nombre».

Esto nos revela la esencia de la decadencia espiritual: la pérdida del sentido de lo sagrado. Manasés ya no distinguía entre lo común y lo santo. Para él, el Templo era simplemente un lugar más que podía ser utilizado para acoger las influencias políticas, culturales o religiosas de su época, intentando obligar a la santidad de Dios a convivir con la impureza de sus ídolos.

Volviendo al texto: Una mirada al corazón

La idolatría no comienza en estructuras visibles, sino en afectos desordenados. Un ídolo es aquello que compite con Dios por nuestra confianza, identidad y seguridad. Puede mostrarse en deseos legítimos, aprobación cultural, ideologías o incluso experiencias espirituales desligadas de la verdad bíblica.

La escritura nos invita a discernir los altares presentes en nuestra vida: ¿Cuántos altares hemos permitido levantarse en nuestro corazón, intentando que Dios comparta su gloria con la idolatría moderna?

Volver al texto de la verdad bíblica implica examinar nuestras lealtades y decisiones. Es el primer paso para derribar lo que nunca debió ser reconstruido.